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  • Un problema mayúsculo

    Los lectores de Argentina ya estarán completamente bombardeados por los medios respecto del conflicto de intereses entre el gobierno y los sectores del campo. Como pasa siempre con nuestra queridísima prensa, cantidad no es calidad. Podrán acumular línea tras línea en sus diarios, y organizar una cacofonía de voces en sus medios audiovisuales, pero no por eso la audiencia va a tener más claro el panorama. Como Yoescribo.com.ar no es un espacio de reflexión específicamente política, los invita a buscar otros medios no tradicionales para informarse y tomar una posición que tenga que ver con sus propios intereses, que no tienen que ser necesariamente los dos que venden desde la prensa.

    Ya que está el tema en boca de todos desde hace meses, usémoslo para hablar un rato de nuestra lengua. En el cacerolazo del otro día se vieron muchas banderas argentinas. Se habla mucho de patria. De argentinos. La presidenta usa reiteradamente el “argentinas y argentinos”. ¿De qué clase de palabras hablamos? Argentina como país es un sustantivo propio. Tiene la misma función que el nombre de cualquier persona (forman sintagmas nominales, para relacionarlo con el artículo anterior), por lo tanto se escribe en mayúscula, sea cual sea el lugar donde se ubique en la oración. Argentina como pertenencia, como descripción del lugar donde una persona nació, es otra clase de palabra. Estamos ya en el terreno de los adjetivos. Dentro de la oración suelen complementar a los sustantivos, o formar ellos mismos, como elemento nuclear, sintagmas adjetivales. Por eso, por su función de complementar un sustantivo que puede o no estar presente, y no tener una entidad única e irrepetible, va en minúscula.

    ¿Por qué hago esta distinción? Porque no son pocos los casos en que aparece el adjetivo, sobre todo cuando tiene que ver con una nacionalidad, en mayúscula. Por más fervor que se tenga, escribir “Yo soy Argentino” no hace más que entrar en el terreno de la agramaticalidad, y no tanto en el del patriotismo. Lo que hay es una tendencia al uso de mayúsculas para resaltar una palabra, sin tener en cuenta la función que desempeña en la frase.

    Ahora, para aprender no sólo con afirmaciones sino también con preguntas, veamos un caso que cuestiona el estudio sistemático de la lengua. Postulemos que “Le dije a mi Abuela” está mal. Estamos describiendo un rol social de nuestra comunidad. No es un nombre propio, por lo tanto no va en mayúscula. Describe la función social de una persona. En el diccionario aparece como sustantivo femenino. ¿Qué lo diferencia del adjetivo? En ambos los sufijos flexivos pueden producir un cambio de género y de número. Lo que teóricamente los diferenciaría es que los adjetivos señalan propiedades o particularidades transitorias del sustantivo. Pero en “La abuela Ernestina”, ¿abuela no está modificando al sustantivo? Su función es la de aposición, pero eso no nos sirve para sacar conclusiones definitivas. Si cambiamos “abuela” por “bonita”, también podríamos decir “Ernestina, la bonita”. Entonces, ¿se puede ver con claridad por qué abuela no es un adjetivo? Creemos que no. Lo único que podría salvar las papas es la siguiente diferenciación, que se puede ver en el material teórico de las profesoras Giammatteo y Albano: el adjetivo puede contribuir a descubrir el género o el número del sustantivo cuando éste no lo manifiesta morfológicamente. Y dan como ejemplo “salón luminoso”. Con abuela no podríamos lograr tal clarificación. Pero lo mismo pasaría con el adjetivo hábil. “Señor hábil”, “señora hábil”. Sólo en el terreno de la sintaxis se marca la diferencia, como decíamos, al poner “aposición” en vez de “complemento“, o marcar complemento objeto directo en vez de predicativo en otros casos. Pero eso a nosotros, que somos un poco fanáticos, no nos conforma.

    Seguramente nos estamos equivocando u olvidando algo. Como en todas las cuestiones de la vida, se aprende también a partir de errores, y siempre hay gente que sabe más que nosotros. Ojalá sea el caso de los lectores, y que aporten su punto de vista a la discusión. Conversemos, entonces. Para eso existen los benditos comentarios del blog. Hasta la próxima, y que la fuerza los acompañe (en estos momentos de crisis hay que apelar hasta a la mitología jedi).
  • Dialéctica de los comentarios, alimento del blogger

    Recuerda que nuestro blog se alimenta de tus comentarios.
    Yoescribo.com.ar cumple sus primeros seis meses. Muy satisfactorios, por cierto. El sitio fue incorporando cada vez más contenido y mejoró su posición en los motores de búsqueda. Se comunicaron a través del formulario de contacto novelistas, traductores, correctores, docentes y administradores de otros sitios. Algunos para solicitar correcciones, otros para acercar ideas o polemizar sobre algo, y otros simplemente con un cálido saludo. Eso es lo que nos acerca y permite expandir nuestra pequeña comunidad. La idea es que especialistas y novatos puedan disfrutar con artículos sencillos que no pierdan el rigor científico. Para algunos será un mundo nuevo, y para otros refrescar un poco la memoria. Sin duda, lo escrito en los comentarios está en la misma categoría que la información del artículo. Así como la ciencia ficción, la fantasía y la historieta no son un género menor frente a la novela clásica, los comentarios no son un género menor (y me tomo el atrevimiento de llamarlo género, ¿vieron?) frente a las publicaciones en un blog. De alguna manera, forman parte del artículo, y el artículo forma parte de los diálogos. Eso desarrolla nuevas dinámicas que enriquecen la experiencia. Por eso me permito hablar de comunidad. En homenaje a eso, fusionemos esos dos espacios y hagamos un repaso por los comentarios que surgieron desde el primer artículo. Estoy seguro de que hay muchos que nuestros visitantes fieles no llegaron a leer.

    Desde el comienzo nos encontramos con felicitaciones, un tipo de comentario que alimenta el ego y nunca llena. También una testigo de los horrores que se suelen escuchar en boca de profesores universitarios. Yo agregaría, incluso de docentes de Gramática, que cuelan el “vistes” sin ningún pudor. Después, una lectora nos asegura que a Roberto Arlt le corregían sus Aguasfuertes españolas, pero con las porteñas se expresaba mejor que lo que lo hacen los actuales habitantes de la sofocante Ciudad de Buenos Aires. La respuesta es ¡sí! Por supuesto. “Sin duda Arlt escribe con una mezcla de elegancia callejera, con un humor que supera cualquier suplementito barato que se puede encontrar hoy en cualquier diario. Son los problemas de la escritura políticamente correcta que llenan de mediocridad el periodismo”. Y pegadito a eso hay un fragmento de “Yo no tengo la culpa”. Si lo quieren ver, vayan al artículo A lo que me refiero es a eso.

    Después, otra lectora pregunta: ¿Está usada la “y” correctamente en esta frase? Desde mi ventana observo los árboles, las plantas y un pequeño cultivo, y muy dentro de él, inmerso en sus pensamientos veo a mi abuelo.

    La respuesta para eso fue: En la frase que mencionás se usa mal la coma. Debería ser: “Desde mi ventana observo los árboles, las plantas y un pequeño cultivo y, muy dentro de él, inmerso en sus pensamientos, veo a mi abuelo”. El nexo “y” antes de la coma introduce la idea. La oración que elegiste, de todas formas, no permite dejar un ejemplo limpio. En realidad después de “pequeño cultivo” se introduce una nueva idea, que por lo general se separa con comas. Pero de hacer eso tendríamos un texto repleto de interrupciones.

    En la primera edición de “Errores cotidianos” recibimos muchos aportes:

    Confusión de “ves” con “vez” y “vaya” con “valla”. “Escencia” cuando en verdad es “esencia”. El uso de “albun” y “álbunes” en vez de “álbum” y “álbumes”. También “corrigo” en vez de “corrijo”, “ingerencia” en vez de “injerencia” y “salvage” en vez de “salvaje”.

    En ese mismo artículo también surge la duda: ¿Esto, eso y aquello se acentúan?

    La respuesta fue: Esto, eso y aquello no se acentúan nunca. Pensá que no hay dos contextos donde puedan aparecer que generen ambigüedad. Siempre refieren anafórica o catafóricamente. “Eso era lo que te quería decir”. Nunca “Eso hombre”, por ejemplo. O “Aquello hombre”.

    Después, en “Apología de Yoescribo.com.ar“ aproveché la excusa que me dio Carla en su comentario acerca de los modismos influenciados por otras culturas, que matan la propia, para decir: "Partimos de un problema estructural que es el colapso del sistema educativo. Entonces la importancia de conocer la norma y corregir se torna mayor aún, porque ese conocimiento es poder. De esta forma se combate el analfabetismo, que no se trata solamente de aprender a leer, sino también de interpretar la información que nos bombardean de todos lados. Respecto a los modismos, sirven sobre todo para medir influencia cultural, que por lo general va de la mano con la influencia en otros ámbitos. En los casos en que reemplazan palabras de lo más hermosas del español, sí, resulta una verdadera lástima.

    Y como anexo a eso: "Lo que más me espanta es que se lo use en el msn o para escribir mails. Si tenemos en cuenta que la teoría y la práctica son procesos que se desarrollan juntos, escribir, donde sea que lo hagamos, es siempre una forma de desarrollar nuestra habilidad teórica y práctica. Mutilar innecesariamente las palabras hace que olvidemos los procesos léxicos y gramáticos con los que se forman frases o, en el mejor de los casos, que nunca tengamos la posibilidad de reflexionar sobre el lenguaje al no tener todos los elementos a la vista ni manejarlos".

    Por último, damos el visto bueno a dos planteos de una lectora, el primero en el artículo “One, two, tres cuatro” acerca de los sustantivos colectivos:

    Entonces, si ponemos:
    “La gente desconfía del Gobierno y deposita su confianza…” en lugar de depositan, y “Un grupo de ladrones roba un banco” en lugar de roban, también es correcto. ¿Es así?

    El segundo sobre los pronombres:

    Si, por ejemplo, la heroína de mi novela está en la verdulería y quiere comprar un zapallo anco y no uno coreano, pero no recuerda los nombres de cada uno. Entonces, cuando el verdulero le está por dar el zapallo coreano, ella señala y dice: “Ése, no. Deme éste”. Que sería como decir: “El zapallo ése, no. Deme el zapallo éste”. ¿Es correcto?

    La respuesta a esto fue: Correctísimo. Por eso doña Ángela no habla de reemplazo, como los antiguos manuales, sino de señalamiento, deixis.
    Esto quedó muy largo, pero bueno, como estamos de festejo nos lo permitimos, ¿no? Hasta la próxima y muy feliz fin de semana.
  • Errores cotidianos en la escritura II

    Una pareja mira la pantalla de un celular.
    Una segunda parte de los errores más comunes que cometemos no está de más… ¿O demás? Esto de juntar o no palabras puede realmente desquiciarnos. No siempre la solución está en separar. Podemos encontrarnos con una frase que nominalice este inicio típico de modalidad interrogativa que es el “por qué”. Por ejemplo: “Los sabios buscaron por siglos el porqué de todos los fenómenos materiales”. El “porqué” se convierte en un sustantivo. Con “de más” y “demás” no tenemos exactamente el mismo problema, pero por ahí anda. Cuando lo ponemos junto, lo estamos usando como adjetivo. “La puso en la bolsita con las demás monedas”. Ese “demás” le da a las monedas una categoría de similitud con el objeto que el sujeto tácito pone en la bolsita. “Me puse en la fila con las demás personas”. Es exactamente lo mismo. Las personas que hacen la fila y yo somos similares. El otro uso es una construcción adverbial. “En la fila había personas de más”. Quiero decir que había personas que sobraban.

    Concordancia, especificadores y sustantivos femeninos


    Es común ver en los medios gráficos titulares como: “Frichivnina Poporovna es la primer bailarina que danza en el agua congelada debajo del hielo, lo que inaugura un nuevo y suicida estilo en el deporte”. Si en vez de una mujer fuera un hombre, el titular estaría perfecto. ¿Que somos machistas? De ninguna manera. Es que el adjetivo tiene que concordar con el sustantivo que modifica en género y número. “Primer bailarín” y “Primera bailarina”. En el primer caso hay concordancia en género masculino y número singular, y en el segundo en género femenino y número singular.

    Otro ejemplo del poder del acento


    La comodidad de escribir sin acentos, que se vuelve hegemónica en el mundo de la comunicación instantánea, suele llevar a la comunidad de hablantes a homologar preposiciones y pronombres con verbos. Y no exagero. Si no acentuamos el “se” tenemos un pronombre que suele aparecer en construcciones pronominales junto a un verbo. “Se peina”. En cambio cuando lo acentuamos se convierte en un verbo. “Sé que, a pesar de este artículo, la abrumadora mayoría de la comunidad de hablantes de mensajería instantánea no van a acentuar el ’se’”. Lo mismo pasa con el “de”. Sin acento es una preposición. “La pelota es de Juan”. Con acento es un verbo. “Ponerme la remera verde es posible que me dé suerte”.

    Por supuesto, siempre queda más y más para desarrollar. Ya saben que cualquier duda o sugerencia para un próximo artículo, escriban sin vergüenza, que por lo general las dudas consideradas más tontas abarcan los errores que más comúnmente se cometen. ¡Hasta la próxima!
  • Indigestión de comas y puntos - Segunda parte

    El tema de las comas da para hablar y hablar (algunas personas hablan tanto y tan rápido que deseamos más que nunca materializar esa abstracción, que la coma sirva a modo de mordaza y nos dé unas milésimas de segundo para que nuestros tímpanos se regodeen en el silencio y nuestro cerebro se oxigene). Ahora que nos tomamos una breve siesta de dos semanas, masticamos y digerimos, podemos encarar la segunda parte.

    La coma entre el sujeto y el predicado


    Sujeto y predicado, ¿se acuerdan? Nos machacaban con eso en la escuela primaria. En el sujeto estará el agente que realiza una acción o el paciente que sufre un cambio, y en el predicado el resultado de esa acción o transformación. Muchas personas, por considerarlo quizás un pasatiempo divertidísimo, se dedican a poner comas en medio del sujeto y el predicado. “La bala, fue precisa, del motivo no hablo más”, cantaría Fito Paez si no leyera nuestra página. Las comas nunca separan el sujeto del predicado. “Volvió, Juan” y “Volvió Juan” son oraciones completamente diferentes. En la primera, el hablante se dirige a su interlocutor. Hace referencia a un tercero. El caso es vocativo, de invocación, por eso va la coma. Lo mismo sería: “Juan, vení a comer”. En la segunda el hablante se dirige a una persona indeterminada. Hace alusión a la vuelta de Juan. Tampoco es válido poner, al estilo sinopsis: “John Smith, es un agente de la CIA infiltrado en una célula terrorista”. Esa coma no sirve para nada, la eliminamos, igual que John Smith elimina poblaciones enteras con bombardeos preventivos.

    Existe también la costumbre entre escritores de poner un punto después del signo de interrogación. Supongo que la costumbre es una degeneración de la posibilidad de poner una coma. Mal. El signo de interrogación, cuando cierra la sentencia, simboliza un punto. Se debe empezar con mayúscula la siguiente oración. A menos, claro, que se ponga una coma, elemento usado para darle más agilidad a la frase. Por ejemplo: “¿Soy yo el culpable?, ¿o es esa voz que me zumba en la cabeza y me dice: Mata, mata?”.

    A pedido de nuestra queridísima lectora, vamos a observar el caso de la coma en el nexo “y”. “Todos yiran y yiran” sigue cantando Fito, con la complejidad que caracteriza a sus letras. No se le ocurriría bajo ninguna circunstancia poner una coma entre esos dos verbos producto del lunfardo (tema sobre el que vamos a hablar porque resulta muy interesante). ¿Qué sentido tendría ponerla ahí? En cambio, cuando aparece una “y” que marca un nexo coordinante, la cuestión toma otro matiz. Se separan distintas ideas, proposiciones, conectadas por ese nexo. Ya no se enumera simplemente. Veamos: “Se me ocurrió una idea genial, y vos sos el indicado para llevarla a cabo”. Ahí tenemos dos proposiciones que se pueden analizar perfectamente por separado.

    ¿Quedan más dudas con el uso de la coma? Si es así, en cualquier momento lanzaremos la tercera entrega. Hasta la próxima.
  • Errores cotidianos en la escritura, ¿cómo escribir sin producirlos?

    Esta semana vamos a tratar los errores que con más frecuencia se cometen. Amalgama de palabras, formación incorrecta de palabras, mala interpretación del inglés en las traducciones y pequeños detalles que, juntos, hacen que todos formemos parte de esta ensalada lingüística llamada español.

    Error N°1: Amalgamar


    Un hombre se agarra la cabeza.
    “Talvez llueva”. Modo correcto: “Tal vez llueva”. Son dos palabras diferentes.
    “Sobretodo”. A menos que nos estemos refiriendo a la prenda de vestir, el modo correcto es: “Sobre todo”. Un ejemplo de oración que incluya ese conjunto de palabras puede ser: “Nadie podría hacer esto bien, sobre todo yo”.
    “Comprame este alfajor, sino le cuento a mamá que siempre me servís gaseosa a escondidas antes de comer”. Estamos ante el famoso caso del “sino” o “si no”. En este caso debería ir separado, ya que lo estamos utilizando en una oración con causa/consecuencia. El agente de la oración, un sujeto tácito que debemos suponer (seguro un niño malcriado y encima delator), advierte a su interlocutor sobre determinada consecuencia que se manifestará si no se la evita de alguna manera. En cambio, cuando se trata de oponer dos partes de la oración, debe usarse el “sino”. Ejemplo: “Por chantajearme no te vas a ligar un chirlo sino dos”.

    Error N° 2: Formación incorrecta de palabras


    “Me estoy llendo al laburo, no puedo”. Mal, muy mal. Debería ser: “Me estoy yendo al laburo, no puedo”.
    “Ayer a la noche me la pasé gritándole al parlante en el boliche y tengo la vos hecha pelota”. Clásico error con la Z. “Vos” es un pronombre personal de segunda persona singular. Se usa para decir, por ejemplo: “Vos sos un animal”. En cambio, “voz” alude a esa maravillosa o lamentable -depende del caso- función fisiológica que tenemos, con la que podemos manifestar nuestra lengua o lenguas. Otras confusiones con la Z se dan al armar palabras con prefijo: dezhaste, dezhacer, etc. Ese prefijo siempre se construye con S.

    Error N° 3: Interpretación errónea del inglés en las traducciones


    Todavía se pueden apreciar oraciones donde el “punk” es interpretado de acuerdo a la vieja tribu urbana de la que deriva el género musical. Dejan la palabra tal cual. “Tu amigo es un punk”. Es hora de sacarnos la cresta y buscar la otra acepción que también deriva del mismo lugar, pero que siguió la senda reaccionaria y desembocó en un más genérico “vago, maleante, crápula”.
    Más normal todavía es encontrar el “but” mal traducido. Nos encontramos con frases como: “No te digo que el hombre era calvo, pero te digo que tenía abundante cabellera”. Evidentemente se confunde el “pero” con el “sino”. Son dos interpretaciones que se deben utilizar en diferentes contextos.

    Error N° 4: Más y mas


    No siempre el “más” se acentúa. Hay un uso, más que nada ligado al español antiguo pero que todavía se puede ver con frecuencia, que tiene la función de aclarar. Pueden verlo en frases como: “Él me atacaba con injuriosa labia, mas yo no atiné a moverme”. Se lo podría parafrasear de la siguiente manera: “Él me atacaba con injuriosa labia, pero yo no atiné a moverme”. O: “A pesar de eso, no me moví”.

    Es todo por hoy, nos vemos en unos días. No dejen de suscribirse al boletín de noticias que figura en la página de inicio de Yoescribo.com.ar, con el que van a recibir las novedades recién salidas del horno. Tampoco se priven del simpático y sorprendentemente infalible boca a boca (sorprendente cuando los medios masivos de comunicación están tan desarrollados) para que nuestra comunidad siga creciendo.
  • El poder del acento

    ¿Para qué sirve el acento?


    El acento cambia el contenido semántico.
    “¿Para qué sirve el acento?”, suelen decir muchos usuarios de msn, y continúan con: “Si igual se entiende”. Claro, si tomamos la cuestión a la ligera podríamos pensar que el acento es un mero tonificador de sílabas en una palabra, un producto lindo para hacerse el elegante pero que al fin y al cabo no sirve para nada útil. Total, si pongo “cancion” o “canción” me entienden igual. A regañadientes podríamos llegar a conceder eso. Pero vayamos a un nivel un poco más complejo. ¿Qué interpretan de la frase: “Me siento solo en la oficina”? Sí, que quien emite el enunciado se siente acuciado por la soledad cuando está en la oficina. ¿Pero si quería decir otra cosa? Quizás quería decir que, después de un viaje largo parado en el colectivo, caminar vaya uno a saber cuántas cuadras, recién en la oficina encontraba ese refugio inigualable que es la silla. Si eso es lo que quería decir, tendría que haberlo expresado de la siguiente manera: “Me siento sólo en la oficina”. Ahí usa el “sólo” como reemplazo del “solamente”, y es en esos casos en los que se acentúa. Cuando es “solo” de “soledad” no se ponen acento (N del E: en la actualidad, la RAE recomienda no usar el acento en ninguno de los dos casos y que se reponga el sentido de la frase a partir del contexto).

    Llegó a mis oídos que en algunas editoriales grandes y conocidas están pensando en la posibilidad de eliminar ese acento taaaan molesto. ¿Será un intento de unificar el “solamente” con la soledad? Así cuando alguien escriba: “Me siento solo” muchos pensarán que esa persona solamente sabe sentarse. Curioso intento de eliminar la pena en el mundo. Ahora fíjense que, a pesar del poder del acento, el español nos deja ambigüedades que sólo pueden eliminarse reponiendo el contexto. Porque ese “Me siento solo” bien puede ser la frase de un niño que aprendió a sentarse en el inodoro sin ayuda de los padres. Ahí no hay acento que nos salve.

    El aún y el aun


    El “aún” también suele generar confusión. Algunos lo ponen siempre con acento, otros no lo ponen nunca. En realidad algunas veces va con acento y otras no. Para saberlo es simple. Cuando reemplaza al “incluso” va sin acento. Por ejemplo: “Aun así me sigo sintiendo solo”. (¡Hurra! Ahí ya no quedan dobles interpretaciones con la soledad). Cuando se reemplaza el “todavía” va con acento. Ejemplo: “Aún quedan más demostraciones del poder del acento”.

    Es importante también distinguir el pronombre personal “él” del artículo “el”. Si no, imagínense una frase como ésta: “Era el el que me pegó”. No sabemos si la persona está tartamudeando, se distrajo y puso el artículo dos veces o lo que quiere decir es: “Era él el que me pegó”.

    Sobre este tema se podrían dar mil ejemplos, así que si los lectores tienen ganas seguramente en el futuro habrá una segunda parte.
  • "Él" artículo sobre pronombres personales y posesivos

    Como prometimos, empieza enero y damos el segundo paso del camino que, esperamos, nos lleve a mejorar la expresión. En este caso tocamos un tema ortográfico de vital importancia.

    Pronombres personales y pronombres posesivos


    Pronombres personales.
    Si nos detenemos un tiempo en los carteles inmensos que intentan llamar la atención con publicidades, podremos notar que una inmensa mayoría tiene errores ortográficos bastante groseros. Un ejemplo clásico es la confusión entre los pronombres personales y posesivos*. En un intento por dar énfasis al sujeto al que se refieren, nuestros queridos gerentes de marketing no tienen mejor idea que acentuar el “tu” en frases como: “Fantoche Medical Group es tú seguro médico”. En realidad, el “tú” se acentúa cuando reemplaza al sujeto. Ejemplo: “Eres tú quien sufrió un colapso nervioso después del último aumento de la prepaga”. De ninguna manera se acentúa cuando se usa en función de pronombre posesivo: “Tu seguro, tu casa, tu perro”.

    Insistimos, por más que el que escribe quiera hacerle comprender salvajemente a su interlocutor* su grado de poseedor de lo que fuera, el acento está de más. “¡Movete de miiiiiiiiiiiii silla!” a pesar de ser un tanto antiestético es mucho más razonable que “¡Movete de mí silla!”. En este último caso estaríamos siendo agramaticales, resultado que se da cuando una oración pierde su coherencia y cohesión. ¿Por qué? Porque el “mí” es un pronombre personal que me reemplaza justamente a mí (al que enuncia) como persona. Si intentáramos interpretar esa última oración nos encontraríamos en un aprieto. ¿El sujeto le está hablando a una silla? ¿Le dice que se mueva de encima de él? “¡Salí de encima mío, silla!”. El problema es que, al menos por ahora, las sillas no son capaces de comunicarse con nosotros, a menos que hablemos de la silla de Boris Vian en su maravillosa y absurda novela El otoño en Pekín. Una silla con problemas de flatulencia, por cierto.

    Hasta la próxima semana.

    *Pronombre personal (RAE): El que designa personas, animales o cosas mediante cualquiera de las tres personas gramaticales. Generalmente, desempeña las mismas funciones del sujeto o del grupo nominal; p. ej., yo, tú, él.

    *Pronombre posesivo (RAE): En algunas gramáticas, el que denota posesión o pertenencia; p. ej., mío, tuyo, suyo, cuyo.

    *Interlocutor (RAE): Cada una de las personas que toman parte en un diálogo.
  • LIBROS PUBLICADOS

    Desde el año 2007 publico cuentos y novelas de literatura infantil y juvenil en editoriales como Edelvives, Macmillan o Urano, y revistas como Billiken.