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  • El poder del acento

    El poder del acento

    ¿Para qué sirve el acento?


    El acento cambia el contenido semántico.
    “¿Para qué sirve el acento?”, suelen decir muchos usuarios de msn, y continúan con: “Si igual se entiende”. Claro, si tomamos la cuestión a la ligera podríamos pensar que el acento es un mero tonificador de sílabas en una palabra, un producto lindo para hacerse el elegante pero que al fin y al cabo no sirve para nada útil. Total, si pongo “cancion” o “canción” me entienden igual. A regañadientes podríamos llegar a conceder eso. Pero vayamos a un nivel un poco más complejo. ¿Qué interpretan de la frase: “Me siento solo en la oficina”? Sí, que quien emite el enunciado se siente acuciado por la soledad cuando está en la oficina. ¿Pero si quería decir otra cosa? Quizás quería decir que, después de un viaje largo parado en el colectivo, caminar vaya uno a saber cuántas cuadras, recién en la oficina encontraba ese refugio inigualable que es la silla. Si eso es lo que quería decir, tendría que haberlo expresado de la siguiente manera: “Me siento sólo en la oficina”. Ahí usa el “sólo” como reemplazo del “solamente”, y es en esos casos en los que se acentúa. Cuando es “solo” de “soledad” no se ponen acento (N del E: en la actualidad, la RAE recomienda no usar el acento en ninguno de los dos casos y que se reponga el sentido de la frase a partir del contexto).

    Llegó a mis oídos que en algunas editoriales grandes y conocidas están pensando en la posibilidad de eliminar ese acento taaaan molesto. ¿Será un intento de unificar el “solamente” con la soledad? Así cuando alguien escriba: “Me siento solo” muchos pensarán que esa persona solamente sabe sentarse. Curioso intento de eliminar la pena en el mundo. Ahora fíjense que, a pesar del poder del acento, el español nos deja ambigüedades que sólo pueden eliminarse reponiendo el contexto. Porque ese “Me siento solo” bien puede ser la frase de un niño que aprendió a sentarse en el inodoro sin ayuda de los padres. Ahí no hay acento que nos salve.

    El aún y el aun


    El “aún” también suele generar confusión. Algunos lo ponen siempre con acento, otros no lo ponen nunca. En realidad algunas veces va con acento y otras no. Para saberlo es simple. Cuando reemplaza al “incluso” va sin acento. Por ejemplo: “Aun así me sigo sintiendo solo”. (¡Hurra! Ahí ya no quedan dobles interpretaciones con la soledad). Cuando se reemplaza el “todavía” va con acento. Ejemplo: “Aún quedan más demostraciones del poder del acento”.

    Es importante también distinguir el pronombre personal “él” del artículo “el”. Si no, imagínense una frase como ésta: “Era el el que me pegó”. No sabemos si la persona está tartamudeando, se distrajo y puso el artículo dos veces o lo que quiere decir es: “Era él el que me pegó”.

    Sobre este tema se podrían dar mil ejemplos, así que si los lectores tienen ganas seguramente en el futuro habrá una segunda parte.
  • Me medía las medias medias marrones, cuando se confunde un adverbio con un adjetivo

    Me medía las medias medias marrones, cuando se confunde un adverbio con un adjetivo

    La pasión de tratar los usos más curiosos en el dialecto criollo nos trae a este artículo. Lo escucharán en boca y en prosa de periodistas de arte y de chimentos, intelectuales de verdad o de realitys, docentes de la vieja guardia destroza orejas o con onda y cursos sobre medio ambiente, vecinos molestos y amables, comerciantes de Palermo Soho o del Todo x 2 pesos de la vuelta, y todos los etcétera que se nos puedan ocurrir…
    -¿Qué cosa vamos a escuchar?
    -Y… una cuestión muy importante.
    -Seguro que una cuestión media volada.
    -¿Media volada?
    -Sí, ¿qué parte de lo que digo no entendés?
    -Bueno, no te enojes, es que no sé bien a qué te referís. Que yo sepa no se me voló ninguna media últimamente. Además, sería un poco tonto que hablemos de la media que se me voló un día de mucho viento.
    -¿De qué estás hablando?
    -Y no sé, vos me querés hablar de una media y yo qué sé.
    -Esta conversación se está volviendo media rara.
    -Y de vuelta con las medias vos, estás un poco obsesionado. Para la próxima te compro unos pares en el supermercado que están en oferta y no son nada raros, muy comunes, colores apagados y varoniles.
    -Pero si yo no te estoy hablando de medias. Te digo que seguro me decís algo volado.
    -Ahh, bueno, sí. Igual el tema lo introdujiste vos.
    -¿Yo?
    -Y sí, con eso de las medias voladas que no sabía si querías decir que habías volado un poco, que se te había volado la media o algo así.
    -¿Pero qué dije mal para que no me entendieras?
    -Dejame escribir otra vez como ensayista y rajá de esta conversación, y ahí vas a entender.
    -Bueno, perdón por interrumpir. Acordate de llamarme si se arma partido el fin de semana.

    La confusión del adverbio con el adjetivo


    Al fin, de vuelta en el ensayo. Como decíamos, en este error participa una inmensa mayoría de los hablantes. Cuando quieren acotar el valor de un adjetivo, dejan que el adjetivo modifique al cuantificador. Cuando dicen: “Está media loca” le están otorgando género a un adverbio, invariable. Es como si dijéramos: “El hombre está lejos, y la mujer también está lejas”. “Juan era mucho para ella, y Juana era mucha para Juan”. En el caso de “media loca” lo que se hace es confundir el adverbio con el adjetivo, que sí admite la modificación en género cuando el sustantivo lo requiere. “Te doy medio pan y vos dame media docena de facturas”. Ahí sí está bien aplicado, a pesar del vil trato al que es sometido el interlocutor por el hablante. En el caso de Juan y Juana podemos cambiarle el género a “mucho” si lo usamos como cuantificador (su función sintáctica sería la de especificador del sustantivo que nuclea el sujeto). “Muchos hombres desean a Juana”. “Muchas mujeres desean a Juan”.

    Una técnica sencilla para no confundirlo


    ¿Qué conclusión se puede sacar de todo esto? ¿Se volvió un tanto enmarañada la explicación? No se asusten, es sencillo. Cuando usamos el “medio” para decir que tal persona o tal cuestión no está completamente de tal o cual manera, sino que un poco, sabremos que estamos usando un adverbio y que no debemos modificarlo. Si nos queremos confundir menos todavía, reemplacemos el “medio” por “un poco”. Si la oración queda coherente, en efecto, dejamos el “medio” sin meterle género, tranquilo y sin andar toqueteándolo. Saquemos la tablita a ver si funciona.

    Ejemplos

    “La serie era media mala”. “La serie era un poco mala”. Funcionó el “un poco”, así que está mal. Corregimos: “La serie era medio mala”.
    “Las medias eran medias truchas”. Faaa, qué confusión se nos arma acá. Menos mal que tenemos la tablita. “Las medias eran un poco truchas”. Entonces corrijamos: “Las medias eran medio truchas”.
    “Quiero medio docena de empanadas”. Ahí suena mal ¿no? “Quiero un poco docena de empandas”. Entonces ahí sí. “Quiero media docena de empanadas”.
    ¡Hasta la próxima!

    Breve anexo

    Tengan en cuenta también el número. Hace unos años, durante el breve gobierno de chupete, había un programa que se llamaba “Medios locos” en Canal 7, conducido por el fallecido Adolfo Castelo. El título justamente jugaba con la alusión a los medios de prensa, y a la vez con este mal uso que se hace de los adverbios. Entonces la interpretación quedaba como que era un programa periodístico con humor y periodistas locos. Bueno, de la misma forma en que no se puede decir “media loca” (a menos que en el futuro saquen un producto que se llame Loca y en los kioscos se fraccione), tampoco se puede decir “medias locas” ni “medios locas” ni “medios locos”. Se debe usar el adverbio así como nos viene impuesto por la gramática española: medio, sin darle género ni darle número.
    Ahora sí, nos estamos viendo.
  • Yo te digo de que, ejemplos sencillos para evitar el dequeísmo y su gemelo malvado

    Yo te digo de que, ejemplos sencillos para evitar el dequeísmo y su gemelo malvado

    En el corazón de las conversaciones diarias subyace un terrible temor. De las profundidades emerge el monstruo del dequeísmo, que obliga a los incautos a correr para dos posibles direcciones. El problema es que una dirección es la correcta en determinado caso y la incorrecta en otro.


    El dequeísmo


    Niña saca la lengua.
    Imaginemos que se nos ocurrió una tremenda idea y se la contamos a nuestro compañero de charla. Pero claro, nuestro escéptico compañero se empeña en arruinar la idea. Supone miles de obstáculos y succiona golosamente todo el entusiasmo hacia su depósito de frustraciones. Llenos de ira, y rememorando qué cosas lo entusiasman para arruinarlas, le decimos: “¡Yo te digo de que sí se puede!”. Si nuestro compañero de charla, además de aguafiestas, se las da de sabelotodo, nos dirá enseguida: “Ah, no, no, así no se dice. Se dice: ‘Yo te digo que sí’, sin el ‘de’”. Reprimamos los instintos asesinos y por una vez reconozcamos que el tipo tiene razón. Ese “de” está de más. Es que nosotros le íbamos a decir “esto” a esa persona. No le íbamos a decir “de esto”. En todo caso deberíamos reformular a: “Te hablo de que sí se puede”, aunque quedaría un poco raro. Para no confundirse podemos usar una regla sencilla.

    Una técnica sencilla para evitarlo


    En una oración como la que vimos, reemplazamos el “de que sí se puede” por el “esto”. “Yo te digo esto”. No necesita el “de”. Entonces escribimos: “Yo te digo que sí se puede”. Es cuestión de reemplazar la frase que sigue al verbo con “esto” y ver si va o no el “de”. Por supuesto, la técnica también sirve para lo contrario, para utilizar el "de" cuando corresponde.

    “Te cuento que el lugar estaba buenísimo”. “Te cuento esto”.
    “Le hablé de que necesitaba una dentadura nueva”. “Le hablé de esto”.
    “Se dio cuenta de que este artículo se estaba alargando mucho y saludó hasta la semana que viene”. “Se dio cuenta de esto”.
  • "Él" artículo sobre pronombres personales y posesivos

    "Él" artículo sobre pronombres personales y posesivos

    Como prometimos, empieza enero y damos el segundo paso del camino que, esperamos, nos lleve a mejorar la expresión. En este caso tocamos un tema ortográfico de vital importancia.

    Pronombres personales y pronombres posesivos


    Pronombres personales.
    Si nos detenemos un tiempo en los carteles inmensos que intentan llamar la atención con publicidades, podremos notar que una inmensa mayoría tiene errores ortográficos bastante groseros. Un ejemplo clásico es la confusión entre los pronombres personales y posesivos*. En un intento por dar énfasis al sujeto al que se refieren, nuestros queridos gerentes de marketing no tienen mejor idea que acentuar el “tu” en frases como: “Fantoche Medical Group es tú seguro médico”. En realidad, el “tú” se acentúa cuando reemplaza al sujeto. Ejemplo: “Eres tú quien sufrió un colapso nervioso después del último aumento de la prepaga”. De ninguna manera se acentúa cuando se usa en función de pronombre posesivo: “Tu seguro, tu casa, tu perro”.

    Insistimos, por más que el que escribe quiera hacerle comprender salvajemente a su interlocutor* su grado de poseedor de lo que fuera, el acento está de más. “¡Movete de miiiiiiiiiiiii silla!” a pesar de ser un tanto antiestético es mucho más razonable que “¡Movete de mí silla!”. En este último caso estaríamos siendo agramaticales, resultado que se da cuando una oración pierde su coherencia y cohesión. ¿Por qué? Porque el “mí” es un pronombre personal que me reemplaza justamente a mí (al que enuncia) como persona. Si intentáramos interpretar esa última oración nos encontraríamos en un aprieto. ¿El sujeto le está hablando a una silla? ¿Le dice que se mueva de encima de él? “¡Salí de encima mío, silla!”. El problema es que, al menos por ahora, las sillas no son capaces de comunicarse con nosotros, a menos que hablemos de la silla de Boris Vian en su maravillosa y absurda novela El otoño en Pekín. Una silla con problemas de flatulencia, por cierto.

    Hasta la próxima semana.

    *Pronombre personal (RAE): El que designa personas, animales o cosas mediante cualquiera de las tres personas gramaticales. Generalmente, desempeña las mismas funciones del sujeto o del grupo nominal; p. ej., yo, tú, él.

    *Pronombre posesivo (RAE): En algunas gramáticas, el que denota posesión o pertenencia; p. ej., mío, tuyo, suyo, cuyo.

    *Interlocutor (RAE): Cada una de las personas que toman parte en un diálogo.
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    Desde el año 2007 publico cuentos y novelas de literatura infantil y juvenil en editoriales como Edelvives, Macmillan o Urano, y revistas como Billiken.